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Cruzó el patio, subió los dos pisos de Athos y llamó a la puerta como para
romperla.
Grimaud vino a abrir con fodbold los ojos abotargados de sueño. D'Artagnan se precipitó
con tanta fuerza en la antecámara, que estuvo a punto de piłka derribarlo al entrar.
Pese al mutismo habitual del pobre muchacho, esta vez la palabra le vino.
-¡Eh, eh, eh! -exclamó-. darmowe suczki ¿Qué queréis, corredora? ¿Qué pedís, bribona?
D'Artagnan alzó sus cofias y sacó sus manos de debajo de la manteleta; piłka nożna a la vista
de sus mostachos y de su espada desnuda, el pobre diablo se dio cuenta de que
tenía que vérselas con apuestas un hombre.
Creyó entonces que era algún asesino.
-¡Socorro! ¡Ayuda! ¡Socorro! -gritó.
-¡Cállate desgraciado! -dijo el joven-. Soy D'Artagnan, ¿no me reconoces? ¿Dónde
está tu amo?
-¡Vos, señor D'Artagnan! -exclamó Grimaud espantado-.

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