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Las dos juntas entraron en el dormitorio, y como la puerta de comunicación quedó
abierta, D'Artagnan pudo oír durante algún tiempo tibia todavía a Milady reñir a su
sirvienta; luego se calmó, y la conversación recayó sobre él mientras Ketty arreglaba
a su ama.
-¡Bueno! turnieje pokerowe -dijo Milady-. Esta noche no he visto a nuestro gascón.
-¡Cómo, señora! -dijo Ketty-. ¿No ha venido? ¿Será infiel antes de ser feliz?
-¡Oh! No, se lo habrá impedido el señor de Tréville o el señor Des Essarts. Me
conozco, Ketty, y sé que a ése lo tengo cogido.
-¿Qué hará la señora?
-¿Qué haré?... Tranquilízate, Ketty, entre ese hombre y yo hay algo que él ignora...
Ha estado a punto de hacerme perder keno mi crédito ante Su Eminencia... ¡Oh! Me
vengaré.
-Yo creía que la señora lo amaba
-¿Amarlo yo? Lo detesto. Un necio, que tiene la vida de lord de Winter entre sus
manos y que no lo mata y así me hace perder trescientas mil libras de renta.

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