Quinielaczytasz strone nr 710
La procuradora sonrió, creyendo
que era para ella, por lo que Porthos hacía aquel extraordinario, pero pronto y
cruelmente fue desengañada: cuando darmowe dupeczki sólo estaba a tres pasos de él, éste volvió la
cabeza, fijando de modo invariable los ojos sobre la dama del cojín rojo, que se había
levantado y freeroll que se acercaba seguida de su negrito y de su doncella.
Cuando la dama del cojín rojo estuvo junto a Porthos, Porthos sacó su mano toda
chorreante apuestas de la pila; la bella devota tocó con su mano afilada la gruesa mano de
Porthos, hizo, sonriendo, la señal de la cruz y selió de la iglesia.
Aquello freeroll fue demasiado para la procuradora; no dudó de que aquella dama y
Porthos estaban requebrándose. Si hubiera sido una gran dama, se habría
desmayado; marta wiśniewska pero como no era más que una procuradora, se contentó con decir al
mosquetero con un furor concentrado:
-¡Eh, señor Porthos! ¿No me vais a ofrecer a mí agua bendita?
Al oír aquella voz, Porthos se sobresaltó como lo haría un hombre que se despierta
tras un sueño de cien años.
strona 709wstecz strona 711 dalej Quiniela |