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En el momento en que entraba, la cortina de una pequeña tribuna que hasta
entonces había permanecido cerrada se abrió, y se vio aparecer totoliga la cabeza pálida del
cardenal vestido de caballero español. Sus ojos se fijaron sobre los de la reina, y una
sonrisa de alegría terrible pasó por sus labios: la reina no tenía sus herretes de
diamantes.
La reina permaneció algún tiempo recibiendo los cumplidos de los señores del
Ayuntamiento włoska y respondiendo a los saludos de las damas.
De pronto el rey apareció con el cardenal en una de las puertas de la sala. El
cardenal le hablaba betandwin en voz baja y el rey estaba muy pálido.
El rey hendió la multitud y, sin máscara, con las cintas de su jubón apenas
anudadas, se aproximó a la website optimization reina y con voz alterada le dijo:
-Señora, ¿por qué, si os place, no tenéis vuestros herretes de diamantes cuando
sabéis que me hubiera agradado verlos?
La reina tendió su mirada en torno a ella, y vio detrás del rey al cardenal que
sonreía con una sonrisa diabólica.
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