Quinielaczytasz strone nr 264
Llegado allí, D'Artagnan pensó lanzar un grito de sorpresa: no era Aramis quien
hablaba con la visitante nocturna, era una mujer. Sólo que D'Artagnan veía bastante
para zaklęcia reconocer la forma de sus vestidos, pero no para distinguir sus rasgos.
En el mismo instante, la mujer de la habitación sacó un segundo pañuelo de su
bolsillo y lo cambió gry logiczne por aquel que acababan de mostrarle. Luego entre las dos
mujeres fueron pronunciadas algunas palabras. Por fin el postigo se cerró. La mujer
que se hallaba en el exterior pewniaki de la ventana se volvió y vino a pasar a cuatro pasos de
D'Artagnan bajando la toca de su manto; pero la precaución había sido tomada demasiado
tarde y D'Artagnan había maszyny losowe reconocido a la señora Bonacieux.
¡La señora Bonacieux! La sospecha de que era ella le había cruzado por el espíritu
cuando había sacado el pañuelo de su bolso; pero ¿por najlepsze fryzury qué motivo la señora
Bonacieux, que había enviado a buscar al señor de La Porte para hacerse llevar por
él al Louvre, corría las calles de París sola a las once y media de la noche, con riesgo
de hacerse raptar por segunda vez?
Era preciso, por tanto, que fuera por un asunto muy importante.
strona 263wstecz strona 265 dalej
Quiniela |