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Esta vez, D'Artagnan no dijo ni pío, había reconocido su error, pero los amigos de
Aramis no se dejaron convencer por książki sus negativas, y uno de ellos, dirigiéndose al
joven mosquetero con seriedad afectada, dijo:
-Si fuera como pretendes, totoliga me vería obligado, mi querido Aramis, a pedírtelo;
porque, como sabes, Bois-Tracy es uno de mis íntimos, y no quiero que seriale se haga
trofeo de las prendas de su mujer.
-Lo pides mal -respondió Aramis-; y aun reconociendo la justeza de tu reclamación
en guerra vida cuanto al fondo, me negaré debido a la forma.
-El hecho es -aventuró tímidamente D'Artagnan-, que yo no he visto salir fodbold el pañuelo
del bolsillo del señor Aramis. Tenía el pie encima, eso es todo, y he pensado que,
dado que tenía el pie, el pañuelo era suyo.
-Y os habéis equivocado, querido señor -respondió fríamente Aramis, poco sensible
a la reparación.

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