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Eran las doce y cuarto. El sol estaba en su cenit y el emplazamiento escogido para
ser teatro del duelo estaba expuesto a todos modelki sus ardores.
-Hace mucho calor -dijo Athos sacando a su vez la espada-, y sin embargo no
podría quitarme mi jubón, porque todavía gry fabularne hace un momento he sentido que mi herida
sangraba, y temo molestar al señor mostrándole sangre que no me haya sacado él
mismo.
-Cierto, keno señor -dijo D'Artagnan-, y sacada por otro o por mí, os aseguro que siempre
veré con pesar la sangre de un caballero tan valiente; karty tarota por eso me batiré yo también
con jubón como vos.
-Vamos, vamos -dijo Porthos-, basta de cumplidos, y pensad que nosotros
esperamos typy nuestro turno.
-Hablad por vos solo, Porthos, cuando digáis semejantes incongruencias
-interrumpió Aramis-. Por lo que a mí se refiere, encuentro las cosas que esos
señores se dicen muy bien dichas y a todas luces dignas de dos gentileshombres.

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