Quinielaczytasz strone nr 101
En efecto, el pañuelo estaba ricamente bordado y llevaba una corona y armas en
una de sus esquinas. Aramis se ruborizó excesivamente y arrancó totoliga más que cogió el
pañuelo de manos del gascón.
-¡Ah, ah! -exclamó uno de los guardias-. Encima dirás, discreto Aramis, que estás a
mal con la znane señora de Bois-Tracy, cuando esa graciosa dama tiene la cortesía de
prestarte sus pañuelos.
Aramis lanzó a D'Artagnan una de esas miradas que piłka nożna hacen comprender a un
hombre que acaba de ganarse un enemigo mortal; luego, volviendo a tomar su tono
dulzarrón, dijo:
-Os equivocáis, señores, fodbold este pañuelo no es mío, y no sé por qué el señor ha
tenido la fantasía de devolvérmelo a mí en vez de a uno de vosotros, y prueba de lo
que digo poradnik es que aquí está el mío, en mi bolsillo.
A estas palabras, sacó su propio pañuelo, pañuelo muy elegante también, y de fina
batista, aunque la batista fuera cara en aquella época, pero pañuelo bordado, sin
armas, y adornado con una sola inicial, la de su propietario.
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